top of page
Buscar

EPISODIO 9 – QUIERO PECAR

  • Foto del escritor: Enzo
    Enzo
  • 25 ene
  • 3 Min. de lectura

CANCIÓN



RELATO


Giorgio estaba frente a mí.


No lo bastante cerca como para tocarme.

No lo bastante lejos como para que yo no percibiera su olor masculino, envolvente, atractivo.


El aire se había enfriado un poco, y aun así me parecía demasiado caliente, como si hubiera guardado durante todo el día la memoria de nuestra cercanía. El sol estaba bajo. La luz entraba en diagonal entre las hojas de los olivos y se posaba sobre su piel. Vi cómo su pecho desnudo subía y bajaba, tranquilo, y sin embargo en esa tranquilidad había algo no dicho, algo contenido en su expresión.


—Gracias por esperar —dijo—. Tenía que dormir un poco. Hoy el calor era insoportable.

Me observó un instante, como pesándome.

—¿Tú también pudiste descansar un poco?


—No —dije—. Yo no hago siestas. En Nueva York no se hace.

Dudé un segundo y añadí, con más sinceridad de la que habría querido:

—En cambio disfruté del paisaje.


—Me alegra.

Su voz sonaba normal. Tal vez demasiado normal.


—He tenido un sueño extraño —dijo entonces.

Su tono era sereno, pero debajo había algo desordenado, como si el sueño siguiera dentro de él.


—¿Te gustan mis manzanas? —preguntó.


La pregunta era inocente.

Y al mismo tiempo no lo era.


Mi mirada se separó de su rostro apenas un instante, resbaló sin querer hacia el centro de su cuerpo y volvió atrás, como si me hubiera sorprendido a mí mismo. Asentí. Tenía la boca seca.


Dio medio paso hacia mí. No invasivo, no exigente. Como si fuera a decirme algo destinado solo a mí.


—He soñado… —empezó despacio—.

Estábamos juntos en la parte de mi tierra donde crecen los manzanos. Tú también estabas en mi sueño. Tú…


Vaciló.

—Estabas de rodillas.


Se detuvo un momento, como si comprobara mi reacción, como si quisiera saber si iba a interrumpirlo.

No lo hice.

Al contrario. Me quedé completamente inmóvil.


—Me pedías mis manzanas. De un modo bastante desesperado. Te gustaban tanto —dijo.

—Y yo te las di. Bajo los grandes árboles.


Sus palabras no me golpearon como una bofetada. Se hundieron.

Muy adentro.

Sin ruido.


Tragué saliva.

La imagen apareció ante mí.

No exactamente como él la describía, sino como yo la sentía.


Yo estaba sentado.

Pero más abajo que él.

A la altura a la que uno se arrodilla cuando está frente a un hombre de pie.


No pensé en la vergüenza.

Pensé en la verdad.


Yo soy ese sueño, pensé.

No porque quisiera sus manzanas dulces.

No porque realmente hubiera estado de rodillas.

Sino porque era exactamente así como quería ser visto.


Mi mirada se deslizó por él, sin que pudiera detenerla.

Por su rostro, que en la luz del atardecer parecía más suave, casi vulnerable.

Por su cuello, que se tensaba con cada respiración.

Por su pecho, aún marcado por el calor.

Una sola gota de sudor se había reunido en su costado y descendía lentamente, como si siguiera una línea que solo yo tenía permiso de ver.


—Tenías hambre —continuó.

Su voz seguía calmada, pero más profunda que antes, como si se hubiera adaptado a lo que estaba diciendo.

—No te bastaba nunca.


Sentí cómo cambiaba mi respiración.

Se volvió más corta.

No, en realidad, con lo que escuchaba apenas me llegaba el aire.


—“Por favor, dame más”, dijiste.


En ese instante pensé que quizá en su sueño no se trataba realmente de manzanas.

Sino de otra fruta.

La suya.

Una prohibida.

Una cuyo nombre no se pronunciaba.


Entre nosotros no había ninguna manzana, y sin embargo estaba ahí. Ardiente, invisible, inevitable.

Adán y Eva me vinieron a la mente. No como historia, sino como revelación.

Quiero pecar, pensé.


Giorgio me miró como si no supiera exactamente qué leía en mi mirada, solo que era algo que no podía ignorar.


Bajé los ojos.

A sus pies.

A sus piernas.

Y luego, de nuevo, a aquella protuberancia que para mí se había convertido en la manzana.


Quiero la manzana, pensé.

No para morderla.

Y aun así, para llevármela a la boca.

Para besarla.


Para reconocer quién quería ser de verdad.


—Ven —dijo de pronto Giorgio.

Su voz volvió a ser más firme, pero no dura.

—El día casi ha terminado.


Se dio la vuelta. Demasiado rápido. Casi huyendo.

Como si tuviera que salvarse a sí mismo de una situación que no quería, o no podía, pensar hasta el final.


Quizá su sueño no había sido una invitación a probar su manzana.

Quizá solo era un eco.

Un eco de lo vivido.

O un eco de lo que él mismo había sentido, sin lograr ponerle nombre.


Recogimos las pocas frutas que, entretanto, se habían calentado sobre la tela en la que habíamos comido.

Giorgio tomó a Peppina por la cuerda y emprendimos el camino de regreso.


Hacia casa.

Allí donde el sol acababa de ponerse.

 
 

Share Episode

bottom of page