EPISODIO 2 - LLÁMALO HAMBRE
- Enzo

- 25 dic 2025
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SONG
Me arrodillaba ante él, ante la gata que, con los ojos cerrados, se acurrucaba contra mis dedos como si hubiera decidido confiar en mí. Su calor me calmaba, pero sabía que no era ella la causa de mi temblor. Delante de mí, a apenas un palmo de distancia, sus pies descansaban en el polvo: anchos, firmes, inevitables. Los miré como si allí hubiera algo escrito que solo yo pudiera leer.
«¿No tiene nombre?» pregunté en voz baja. Quería decir algo, cualquier cosa, para no parecer completamente mudo.
No respondió de inmediato. Sonrió, como si hubiera hecho una pregunta cuya respuesta yo ya debía conocer. Luego apoyó su mano en mi hombro. Pesada, cálida, serena, como si tocarme fuera lo más natural del mundo.
La gata ronroneó. Yo no. Contuve la respiración.
No era un agarre ni una exigencia. Solo una mano. Y, aun así, sentí cómo algo cedía dentro de mí, cómo se tomaba una decisión que no fue pronunciada ni elegida de forma consciente. Yo abajo. Él arriba. No como humillación, sino como una verdad que de pronto reconocía.
«Se te dan bien las bestias salvajes», dijo con suavidad, casi en broma. «Ella suele ser muy esquiva con la gente. Teme al mundo, pero no a aquello que deseas».
Tragué saliva. Sus palabras me atravesaron más de lo que él podía imaginar.
Podría haber dicho muchas cosas, haber dado voz a innumerables pensamientos, pero ninguno habría sobrevivido al sonido de mi propia voz. Hombres como yo debían ser cautelosos. Mucho.
«Creo que ahí abajo alguien tiene hambre», añadió con una sonrisa ladeada.
Por supuesto se refería a la gata. Pero mi piel hormigueó como si hablara de mí.
«Sí, llámalo hambre», dije al fin. «Tal vez sea solo fe… creer que recibirá algo si suplica el tiempo suficiente».
Su sonrisa se volvió un poco más cálida, o quizá solo lo imaginé. Apenas distinguía ya entre lo real y lo que nacía dentro de mí.
Había visto hombres, los había deseado, los había sentido. Pero este era distinto. En él no percibía un deseo simple, sino algo que se parecía a la certeza. Un saber que no me estaba permitido y que, aun así, crecía en mí:
Es él.
No porque lo conociera, sino porque mi interior lo llenó, en un solo aliento, con todo aquello que alguna vez había anhelado. Era irracional, peligroso. Y, sin embargo, no podía luchar contra ello. Mi cabeza lo sabía. Mi cuerpo lo creía.
La gata volvió a rozarse contra mí. Cuanto más intentaba concentrarme en ella, en el polvo, en el calor, más fuerte me atraía él. Estaba atrapado en una tormenta que no necesitaba viento, porque rugía dentro de mí.
Podría haber permanecido arrodillado eternamente. Pero en algún momento, un resto de decencia o de educación me obligó a moverme. Me incorporé despacio, aunque cada fibra de mi cuerpo susurraba: quédate.
Por primera vez estuvimos a la misma altura. O, mejor dicho, yo estaba de pie, él simplemente era. Su sonrisa estaba ahora más cerca, aún más hermosa, aún más peligrosa para aquello que intentaba ocultar. Su mirada era clara, sin exigencia, sin juicio, y aun así me sentí desnudo.
«¿Cómo te llamas?» preguntó.
Mi voz tuvo que abrirse paso como a través del agua. «Me llamo Enzo».
Me tendió la mano. Era grande, áspera, marcada por el trabajo, y aun así había en su gesto una ternura inconsciente.
«Giorgio. Encantado».
El nombre me golpeó con una fuerza que debía de parecer ridícula. Y, sin embargo, así fue. En el instante en que tomé su mano, algo se disolvió dentro de mí. Todo lo que me definía, el muchacho del pueblo, el que regresaba de Nueva York, el nieto, el trabajador, pasó a un segundo plano. No porque dejara de importar, sino porque él ocupó de pronto el centro.
Algo en mí tomó el mando, algo más antiguo que la razón, más antiguo que el miedo.
Ese algo decía:
Le servirás.
Lo sostendrás cuando esté cansado.
Serás su sombra cuando el sol arda.
Serás el suelo sobre el que pueda apoyarse.
Él no sabía nada de eso. Para él yo era solo un joven que había dicho su nombre. Pero en mi interior se había abierto un espacio que siempre había estado esperando ser llenado.
El dinero, los planes, el trabajo, los olivares, Nueva York, todo se desdibujó. No porque careciera de sentido, sino porque quedó detrás de un velo.
Lo que permanecía claro, lo que brillaba dentro de mí, era él.
Quería ser necesario.
Quería conocer sus necesidades antes de que las pronunciara.
No quería estar a su lado.
Quería estar a sus pies, sin vergüenza, sin disfraz.
Mientras aún sostenía su mano, sentí cómo mi cuerpo ya se orientaba hacia él. Mis pensamientos se desprendían del futuro y giraban en torno a su presencia. No tenía que hacer nada, no tenía que decir nada. Su solo estar bastaba.
Sabía que estaba construyendo una imagen de él más grande de lo que un ser humano debería cargar. Era un desconocido y, sin embargo, se sentía como si siempre lo hubiera conocido. Como si fuera la respuesta a preguntas que nunca me había atrevido a formular en voz alta.
La tormenta en mí no se calmaba. Era hambre y fe al mismo tiempo. Sin él ya no estaba completo.
Había encontrado mi lugar: allí abajo, en el polvo, a sus pies, junto a la gata, protegido por la tierra y por su cercanía.
Él era la fuerza.
Yo era el movimiento.
Cuando al fin solté mis dedos de los suyos, supe, sin poder explicar por qué, que el tiempo seguiría avanzando, que los días vendrían.
Pero todo lo que para mí contaría giraría en torno a él.
Solo conocía su nombre.
Y, aun así, ya le pertenecía, aunque él no lo supiera.
