EPISODIO 12 – ¡CABALGAD, MUCHACHOS, CABALGAD!
- Enzo

- 15 feb
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Galopaba sobre un caballo negro y la playa estaba vacía. Ningún pescador, ninguna barca, ninguna huella en la grava fina. Solo aquella línea interminable entre el agua y la tierra, que en la primera luz del amanecer parecía casi plateada.
El caballo bajo mí estaba caliente y vivo, un único ser poderoso hecho de músculo y aliento. Sentía trabajar su lomo, esa subida y bajada elástica que me llevaba como si yo fuera parte de él. Cada salto atravesaba mi cuerpo, pero no dolía. No era esa monta dura que te sacude. Era fluida, rítmica, como una canción que no se oye, sino que se siente en el pecho.
Los cascos golpeaban la grava y cada vez la lanzaban detrás de nosotros en gotas oscuras y finas. La sal estaba en el aire, pesada y pura, mezclada con el olor de las algas y el aliento frío del mar. El viento venía del agua y me rozaba el rostro.
Giorgio estaba detrás de mí. No lo veía. Lo sentía en mi espalda desnuda, como si su cuerpo fuera una segunda capa de piel caliente sobre la mía. El calor de su pecho apoyándose en mí con cada respiración. El peso tranquilo de su presencia, que no empujaba ni tiraba, simplemente sostenía.
Sus brazos me rodeaban. Me sentía protegido, cómodo en el calor de su cuerpo. Solo veía sus manos, sujetando las mías y las riendas. Y lo sostenían todo como Giorgio sostenía todo: con calma, con seguridad, sin prisa.
Su respiración estaba en mi oído. Cálida. Regular. Tan cerca que tenía la sensación de que pronto sus labios mordisquearían el lóbulo.
Me sentía resguardado. Como envuelto en una manta que no estaba hecha de tela, sino de una persona.
No con palabras.
No con promesas.
Con ese saber sencillo del cuerpo: detrás de mí hay alguien más fuerte. Alguien que me sostiene sin decirlo.
El caballo galopaba y la playa corría a nuestro lado. A la izquierda el mar, a la derecha las dunas, y todo era suave. Incluso la luz era suave. Era esa hora en la que el mundo aún no ha decidido qué colores va a llevar. El cielo era rosa pálido, el horizonte una línea fina y oscura.
No tenía que hablar.
No tenía que explicar nada.
Solo tenía que sentarme, respirar, sentir.
Y pensé: así debe sentirse el paraíso. No en las manzanas, no en las palabras, sino en la cercanía que no pregunta si está permitida. En un cuerpo detrás de mí que me sostiene sin juicio. En un calor que me envuelve tan por completo que incluso el miedo se vuelve más bajo.
El galope se hizo más rápido.
O quizá era solo mi corazón.
Y justo ahí, en medio de esa quietud suave y romántica, llegó el ruido.
Un motor.
Profundo. Extraño. Fuera de lugar en la playa.
Al principio fue solo un zumbido, como un animal lejano. Luego se hizo más fuerte, más cercano, metálico. El aire vibró de otra manera y el caballo bajo mí se tensó, como si hubiera entendido el peligro antes que yo.
Miré a la derecha.
A nuestro lado, donde no debía haber ningún automóvil, avanzaba un coche negro.
Liso. Oscuro. Sin polvo. Como si no hubiera llegado conduciendo, sino que simplemente hubiera aparecido.
No guardaba distancia. Iba con nosotros, como si nos hubiera buscado. Como si hubiera sabido que estaríamos allí.
El ruido del motor era tan denso que se tragaba el ritmo de los cascos. El viento, que hacía un momento olía a sal, ahora olía a aceite y metal caliente. Sentí cómo Giorgio cambiaba detrás de mí. No visible, pero presente en la tensión de sus manos. Su calor permanecía, pero ya no era solo protección. Era disposición.
Volví a girar la cabeza hacia el coche, y la mirada en sus ventanas fue como una puñalada.
No vi a nadie.
Ningún rostro. Ningunos ojos.
Solo reflejo.
En el vidrio oscuro me vi a mí, Enzo, delante en el caballo, y detrás de mí a Giorgio como sombra y cuerpo, cerca, grande, contra mi espalda. Pero aquel reflejo no estaba tranquilo. Estaba deformado, tembloroso, presa del pánico, como si el cristal devolviera no solo la luz, sino el miedo.
Apenas podía respirar.
El coche se acercó más. Tanto que creí que su pintura rozaría mi piel. No solo corría junto a nosotros. Empujaba. Jugaba con la distancia. Me la quitaba centímetro a centímetro, como si quisiera probar cuán rápido nos romperíamos.
El caballo resopló y el galope se volvió irregular. La playa, que hacía un instante parecía infinita, ahora se sentía como un corredor que se estrecha.
El coche avanzó un poco.
Quería cortarnos el paso.
Sentí la respiración de Giorgio acelerarse en mi oído. Sus manos tiraron ligeramente de las riendas hacia la izquierda.
Más cerca del agua.
La grava mojada se volvió pesada, los cascos resbalaron un instante, las piedras rodaron bajo el hierro. El mar ya no era hermoso. Era un borde, un riesgo. Pero era el único espacio que el coche nos dejaba.
Galopábamos junto a la línea del agua, tan cerca que las olas enfriaban nuestras piernas. El coche seguía. Imposible, absurdo, y sin embargo allí.
Miré otra vez la ventana.
Otra vez solo reflejo. Y en ese reflejo vi algo que me aterrorizó: cabalgaba solo en el caballo, aunque seguía sintiendo a Giorgio.
«No me dejes solo. No desaparezcas», grité.
Miré hacia adelante.
Y entonces, del otro lado, desde el mar, como si el agua misma hubiera decidido ponerse contra nosotros, llegó una ola.
No una ola normal. No una que rompe suavemente y luego se retira. Una pared. Una masa oscura y pesada que creció de repente, como si el mar hubiera recibido un cuerpo.
Escuché el estruendo demasiado tarde.
El caballo resbaló.
Solo un instante. Un paso en falso sobre la grava húmeda y móvil.
El coche se acercó aún más, como si necesitara ese momento para atraparnos.
La ola me golpeó.
Fría como un golpe.
Pesada como una mano que te arrastra hacia abajo.
El agua me llenó la boca y la nariz. La sal quemaba.
Abrí los ojos por reflejo y vi mis pies descalzos en una cama.
Tardé un momento en comprender que solo había sido un sueño. Que había dormido en la casa de mis abuelos.
Mi cuerpo estaba empapado de sudor. Estaba sentado en la cama, las manos aferradas a la manta como si aún sostuviera las riendas. El corazón me latía desbocado.
En la habitación ya había luz. No la luz dura del día, sino esa luz temprana y cautelosa que todavía no ha decidido si será cálida o fría. Se posaba como un velo fino sobre las cosas, suavizaba los bordes, y sin embargo todo parecía más afilado que de costumbre.
El aire del dormitorio olía a lino viejo, a polvo, al jabón de la nonna Angela, que en realidad ya no podía existir y, sin embargo, estaba allí, en alguna rendija. Un olor que suena a hogar cuando uno es pequeño. Y a pérdida, cuando regresa.
Bajé la mirada.
Estaba allí.
El viejo calcetín descolorido de mi abuelo.
Un trozo de tela que ayer había sido solo un calcetín y hoy yacía como una confesión. Silencioso. Desvergonzado. Lleno de lo que nadie debía ver. Un testigo mudo de mi presión, de mi hambre, de mi desesperación, que durante la noche había buscado una salida porque de otro modo habría dolido.
Me pasé la mano por la cara, como si pudiera borrar de mi piel la sensación de aquella pesadilla.
Y entonces lo oí otra vez. Ese ruido de motor. Ya no en el sueño. Desde afuera. Profundo. Pesado. Lento.
